(Para mí que el agua quería invadir la locomoción rural por mala)
Era la venganza de la lluvia contra la suciedad del vidrio delantero.
Eran las gotitas resistiéndose a desaparecer ante la mecanicidad del flaco Parabrisas.
Primero, los gusanitos caían.
Luego, se deslizaban en distintas direcciones, según el viento de la autopista decidiera llevarlos.
El chófer daba la orden y los flacos, obedientes, cumplían.
Era una batalla dura y fría.
Sin embargo, si el ganador de la contienda se decidiera en cuanto a criterios de belleza se podría decir que
los gusanitos le daban mil patadas en la raja a la melipillana.

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