
Porque nada puede ser recto. Ahí también habían curvas y él miraba fijo como un caballo obediente y las cosas se venían despacio, pero cuando los dos se juntaban era el éxtasis total.
La ruptura la daba el leve estornudo y la leche que no quería aceptar.
Cuando se acercaban ya se podía ver a la señora con la escoba limpiando. Nos parabamos y nos hablaba -para darnos paciencia- todos cuchicheaban, menos yo porque iba sola.
Siempre estaban los niños y las mujeres, los hombres y el calor en la cara.
Yo sé que es entretenido cuando choca en la puerta y se siente lo fuerte y rápido de su presencia.
Se ve el techo aproximarse, la bóveda de la detención, la ida y venida de nueva gente.
Yo sigo ahí porque aún no es mi turno -aunque me queda poco-
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